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Toca una casa para abrirla entera: de dónde vino, quiénes son, qué funciones tiene, mandarle un aviso y lo delicado. El interruptor de la derecha la enciende y la apaga — apagada, su familia no puede entrar, y no se borra nada ni empieza ningún plazo.
Se escribe una vez y les llega a todas las que marques, igual que el aviso de una casa: encima de lo que estén haciendo, con el icono y el color de SABAI•FAM, y sin poder contestarlo. Tu casa también está en la lista: si la marcas, el aviso te sale a ti también — que es la única forma de ver exactamente lo que ven ellos.
El tablón de anuncios de Sabai hacia las casas: lo que publiques aquí les sale a todas en «✨ Novedades» de su portada, con su numerito hasta que cada persona lo lea. Y cuando el tipo de una casa gana funciones, su estreno aparece ahí solo, sin escribir nada. Para tocarles además el hombro, el 📣 de cada novedad te deja el aviso escrito en «Avisar a varias casas».
Hecha. Mándala ahora:
El código no se guarda en ningún sitio y no se puede volver a ver: si cierras sin mandarlo, revócalo y emite otro.
Un código emitido no se puede volver a ver: en la base sólo vive su huella, nunca el código. Si te llega uno de fuera y quieres saber de quién era, pégalo aquí abajo. Y si se ha perdido, Reemitir revoca ése y saca otro para la misma gente.
Cada casa nace con un tipo, y el tipo decide qué funciones trae. Sin nada apagado, un tipo lo trae todo; lo que apagues aquí se apaga al momento en todas las casas de ese tipo. La excepción de una casa concreta vive dentro de esa casa, en «Las casas». El núcleo —tareas, paga, normas, tablón, acuerdos, Mi mundo— no se apaga nunca, a nadie.
Un tipo con casas o códigos vivos no se puede retirar: primero se recolocan las casas o se revocan los códigos. «piloto» se queda siempre, y «propio» es tu asiento — no se emite ni sale de esta lista.
La casa que cualquier familia puede abrir para ver cómo funciona esto. Aquí se le cambia cómo se llaman, qué edad tienen y de qué color es cada uno, y cómo se llama la casa. El usuario, el papel de cada cual, cuántos son y su orden no se tocan: el semillero llama a la gente por ahí y todo lo demás cuelga de esa estructura. Al guardar, la casa se vuelve a sembrar al momento.
Ser adulto de esta casa no basta: el Panel es de quien tiene la marca, y cada cual entra con SU PIN de operador. Tu propia marca no te la puedes quitar tú.
Desde aquí invitas casas nuevas a SABAI•FAM y cuidas las que ya están: sus tipos, sus funciones, sus avisos, sus cierres, quién opera.
Arriba tienes el pulso —cuatro números con cómo va todo— y debajo los apartados: se abren y se cierran tocándolos, y se quedan como los dejes para la próxima vez.
El Panel se abre con tu PIN de operador — tu segunda llave — y a los quince minutos sin tocarlo se vuelve a cerrar. El PIN se cambia en Ajustes → Mis llaves, con tu contraseña; no se puede «ver» el que hay: si se olvida, se pone otro.
Nadie más ve esta pantalla: para el resto del mundo, esta dirección no existe.
«Las casas» es el centro. Cada tarjeta trae el nombre, su tipo, cuántos son, su última señal de vida y de qué código nació — que es cómo se sabe quién es quién dentro de tres meses.
El interruptor de la derecha la enciende y la apaga. Apagada, su familia no puede entrar y se les cierra la sesión en el acto; pero no se borra nada y no empieza ningún plazo. Encenderla la devuelve entera. Apagar no es cerrar: eso es otra cosa y está más abajo, en la zona delicada de cada casa.
Tocando la tarjeta se abre su hoja: de dónde vino, quiénes son, sus funciones una a una, los avisos que le hemos mandado y lo delicado.
La familia sólo tiene que tocar el enlace: les lleva a sabaifam.com/alta/ con el código ya puesto, leen y aceptan el acuerdo, y su casa nace en ese momento. Un código vale una casa: al usarlo se gasta y no vuelve a valer. Y a partir de ahí ya no lo necesitan — entran en sabaifam.com con el usuario y la contraseña que hayan elegido. Las dos cosas van escritas en el mensaje que sale al emitir.
Y no es un olvido: en la base sólo vive su huella, nunca el código. Es la misma regla que con las contraseñas, y es la que hace que un vistazo a la base de datos no reparta invitaciones.
Para lo que de verdad hace falta hay dos cosas. «¿De quién es este código?»: pegas uno que te llega de fuera —de un WhatsApp, de un papel— y te dice de quién era, si sigue valiendo y, si se usó, qué casa salió de él. Y Reemitir: si se perdió, revoca ése y saca otro para la misma gente sin volver a escribir nada.
En la lista, cada código usado lleva la galleta con el nombre de su casa. Se toca y se abre esa casa.
Cada casa nace con un tipo: piloto, earlybird, premium… los que tú quieras. El tipo se cambia desde la hoja de cada casa, y decide qué funciones trae.
En «Los tipos de casa» está todo lo de un tipo junto: su nombre, cuántas casas lo usan, sus funciones —lo que apagues ahí se apaga al momento en todas sus casas— y el botón de retirarlo. Y ahí mismo se crea uno nuevo.
Dentro de una casa concreta viven sus excepciones —una beta, un premio, o apagarle algo a una sola—. El «Encendida» de una casa manda sobre lo que su tipo apague.
En cuanto le tocas una función a mano, esa casa se marca «✎ a medida» en su tarjeta y en su hoja, y ahí se ve cuántas y cuáles. Su tipo NO cambia, y es a propósito: el tipo es el plan, y la excepción va encima. Si al tocar una función la casa pasara a llamarse «personalizada», se soltaría del plan para siempre — el día que decidas que piloto trae algo nuevo, esa casa no lo recibiría y nadie recordaría por qué. Con «Como su tipo» le quitas todas sus excepciones de una vez y vuelve al redil.
El núcleo —tareas, paga, normas, tablón, acuerdos, Mi mundo— no se apaga nunca, a nadie: eso ES SABAI•FAM. Y el corte lo hace el servidor: aunque alguien conozca las direcciones, una función apagada contesta que no.
Dentro de cada casa puedes escribirle a su familia: «el sábado por la mañana estará caído un rato». Les sale encima de lo que estén haciendo, como un mensaje urgente, pero con otro icono y otro color — el rojo de la casa tiene que seguir queriendo decir «alguien de los tuyos te necesita ahora».
No se contesta: no hay a quién. Se queda destacado en su buzón, y aquí se ve cuántos lo han leído — cuántos, no quiénes: los nombres de una casa ajena no hacen falta para saber si el aviso llegó.
Y si es para varias, «Avisar a varias casas»: se escribe una vez, marcas a quién va —o «Todas»— y se reparte de una tacada. Las que no puedan recibirlo (apagadas, o con sus tres avisos sin leer) se saltan y se dicen con nombre, en vez de tumbar el envío entero. Tu casa también sale en la lista: márcala y verás exactamente lo mismo que ven ellos.
Tres sin leer por casa como mucho. Si todo es un aviso, ninguno lo es.
Si una familia cierra su casa, queda inaccesible en el acto y se borra sola a los quince días. En ese plazo puedes Reabrir (todo vuelve, con sus mismas contraseñas) o Borrar ya si te lo piden. Borrada, no queda nada — es su derecho, y aquí borrar es de verdad.
La casa de muestra tiene su propio apartado: ahí se le cambia el nombre a los Río, la edad y el color. Lo que no se toca es quiénes son y cuántos: la muestra está diseñada sobre esa estructura.
Y en «Quién opera» puedes dar el Panel a otro adulto de tu casa o retirárselo. Nadie puede quitarse la suya: el Panel nunca se queda sin nadie por un despiste. Esta ayuda queda siempre en el ? de arriba.