Tres llaves, y las tres son tuyas: la contraseña es la maestra —no se la digas a nadie, ni de broma—, el PIN es el atajo del día a día, y la huella o la cara son para no teclear nada.
Ocho caracteres o más. Tres palabras seguidas que sólo signifiquen algo para ti se recuerdan mejor que un galimatías con símbolos, y son más difíciles de acertar.
De cuatro a seis números, para entrar sin escribir la contraseña entera. En un aparato de todos, cada entrada con PIN dura dos minutos y se cierra sola.
Se pide para saber que eres tú quien lo cambia.
La llave del Panel de Control del ecosistema: aunque estés dentro con tu sesión, el Panel lo pide, y a los quince minutos se vuelve a cerrar. No se puede ver el que hay: si se te olvida, pones otro aquí mismo.
Cómo te ve la casa a ti, y cómo ves tú la casa. Todo esto va contigo, no con el aparato: en una tablet de todos, al entrar tú se pone a tu gusto y al entrar otra persona, al suyo.
Tu color y tu foto, como tú quieras. Sin foto, sale tu inicial de siempre.
Que mande el aparato, o siempre de día, o siempre de noche. La pantalla de la cocina no cambia: esa va siempre en claro para que se lea de un vistazo.
Si la letra se te queda pequeña, aquí se agranda toda la casa de golpe —no sólo el texto—, así que nada se descoloca ni se corta. Se nota al momento.
Un toque en el hombro cuando te llega un mensaje urgente o hay nota nueva en el tablón, aunque la app esté cerrada. Se enciende aparato a aparato y es tuyo: los avisos de este aparato llegan a quien lo enciende. El aviso nunca cuenta el contenido, sólo que hay algo.
🎬 Ver cómo se hace, paso a paso
🔔 Qué avisa, y qué no cuenta nunca Cómo funcionan las notificaciones en esta casa ›
Dilo tú, que la casa no adivina: ¿este aparato es tuyo o es de todos? Cambia cómo de largo te recuerda. Solo afecta al aparato desde el que lo tocas, y no se mueve solo nunca.
Al marcarlo como compartido tu sesión se cierra en el acto, que es justo lo que se está pidiendo: en un aparato de todos, nadie se queda dentro.
Es la tercera llave: la que te devuelve la entrada cuando se te van las otras dos. Sin correo aquí, el «¿No puedes entrar?» de la pantalla de entrada no te puede mandar nada y hará falta que te abra otra persona adulta. Es tuyo, no de la casa: cada adulto el suyo, y las menores no tienen. Ponerlo aquí no dispara ningún correo: sólo se guarda. SABAI•FAM escribe tres veces y ninguna sola: la bienvenida a quien crea una casa, el aviso interno de esa alta, y el enlace que tú pidas desde «¿No puedes entrar?». No hay boletín ni novedades por correo.
El correo es cosa de los adultos de la casa: el de un menor no se guarda, y no porque esté escondido —el servidor lo niega—. Si te quedas fuera, te abre la puerta un adulto de casa, con su contraseña y contigo delante.
El documento que leíste al entrar en SABAI•FAM: qué datos se guardan de tu casa, para qué y qué puedes pedir. Puedes releerlo siempre.
Esto pasa en el salón, con la persona delante: eliges a quién, escribes tu contraseña y le pones una llave nueva. Una contraseña no se puede ver —ni tú, ni la casa, ni nosotros la vemos—, así que no se recupera: se pone otra y se le dice.
Al darle una contraseña nueva se cierran las sesiones que tuviera abiertas, así que tendrá que volver a entrar. Y si estaba bloqueada por haberse equivocado muchas veces, el bloqueo se levanta.
Cada aparato que ha entrado alguna vez, con su tipo y su última señal de vida. Renombra los que no se entiendan y da de baja los que sobren.
Cómo se llama esta casa y qué la representa. Sale en la portada, en «Nuestra casa», en el juego y en la pantalla de la cocina. Mientras no pongáis nada propio, se queda la marca de siempre.
Cómo se llama
Lo que se lee arriba en cada pantalla. Un nombre corto se ve mejor en la cocina, que se lee a tres metros.
La firma que cierra «Nuestra casa» y la hoja de ayuda: «Este hogar es de los Torres 💛». Si lo dejas vacío se usa el nombre de la casa, y si tampoco lo hay, la marca de siempre.
Cómo se ve al entrar
En las pantallas de entrada el emblema va siempre grande. Esto es lo de dentro, en el menú con las puertas.
Qué la representa
Si tenéis un logo propio, súbelo y manda sobre el icono. Se recorta redondo y se guarda pequeño; el color de abajo se sigue viendo por detrás si la imagen tiene transparencia.
Para quién es la casa
Con «Solo para mí», la casa se pone a tu medida: sin reparto, sin mercado, sin paga y sin avisos a nadie — tus tareas, tus menús y tu compra se quedan. En cuanto des de alta a otra persona, todo lo demás se enciende solo y esta elección deja de pintar nada.
Quién vive aquí, cómo se le llama, de qué color es y qué puede hacer en la casa. Todo lo que la aplicación pinta sale de aquí: un nombre que cambia, cambia en todas partes. Toca una ficha para abrirla.
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Alguien nuevo en la casa
El rol dice qué puede tocar, no los años que tiene. Alguien de diecinueve que vive en casa y no lleva los ajustes sigue siendo «Menor» aquí; y el día que lleve la casa, pasa a «Adulto». La edad de verdad sale de la fecha de nacimiento, nunca del rol.
De aquí sale la edad. No se guarda ningún número: se calcula.
Cómo entra por primera vez
La cambia esa persona en «Mis llaves» cuando entre. El PIN y la huella los pone allí, no aquí.
Se hace un enlace que vale una sola vez y siete días. Quien lo abra elige su usuario y su contraseña, y no la ve nadie más — tampoco tú. Lo demás —el nombre, qué es en la casa y la fecha de nacimiento— ya lo has puesto tú aquí arriba.
El enlace, para mandarlo
Se enseña una vez. Cópialo ahora y mándaselo por donde habléis. Si lo pierdes, retíralo abajo y haz otro.
Esta aplicación está escrita en positivo a propósito: donde otras aplicaciones ponen «castigo», aquí pone consecuencia que resolver; donde pondrían «deuda», pone lo prometido. No es sólo la palabra —un castigo no dice cuándo acaba y una consecuencia sí—, pero si en vuestra casa se llaman de otra manera, la aplicación se adapta. Cambian las palabras; las funciones son exactamente las mismas.
Cómo se ve el cambio
Las mismas pantallas, palabra por palabra.
Se cambia cuando queráis y no se pierde nada: son las mismas tareas, la misma paga y las mismas consecuencias, llamadas de otra forma. Lo que hayáis escrito vosotros —el motivo de una consecuencia, el porqué de algo prometido— no se toca nunca: vuestras palabras son vuestras.
Esta casa puede tener más funciones de las que necesita, y no hay por qué usarlas todas. Lo que apagues aquí desaparece de las pantallas de toda la casa —de las de todos, no sólo de la tuya— y deja de estorbar. No se borra nada: lo que hubiera escrito sigue ahí, y vuelve entero en cuanto lo enciendas otra vez.
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Esto lo cambia cualquier adulto de casa y vale para todos. Hay partes que no se pueden apagar —las tareas del día, las normas, el tablón, los acuerdos, los mensajes— porque son la casa misma.
Los primeros días, la aplicación va contando por dónde seguir: un aviso al día en la portada y en Nuestra casa, distinto para un adulto y para un menor. Se apaga solo a los catorce días de que cada cual empiece, y cualquiera puede decir «ya lo tengo» y no volver a verlo.
Apagarlo no borra por dónde va nadie: si lo vuelves a encender, cada cual sigue donde estaba.
Con las notificaciones encendidas, el móvil toca el hombro cuando llega un mensaje urgente o hay nota nueva en el tablón, aunque la aplicación esté cerrada. Es la diferencia entre enterarse cuando pasa y enterarse cuando a alguien se le ocurre mirar.
El aviso nunca cuenta lo que pone. Sólo dice que hay algo. Lo que se ha escrito se lee dentro, con la llave de cada uno — también si el móvil está encima de la mesa y lo ve una visita.
Se encienden una persona y un aparato cada vez: no es un ajuste de la casa que valga para todos. Si en esta casa sois cuatro y cada uno tiene su móvil, son cuatro veces — un minuto cada una. Y quien tenga móvil y tablet, las dos.
🎬 Ver cómo se hace, paso a paso
Un minuto de dibujos: reconoce tu aparato y enseña sólo tu camino. En un iPhone hay un paso más que en un Android, y no es cosa nuestra — lo pide Apple.
El interruptor está allí, con tu contraseña y tu tema: es lo tuyo, no lo de la casa. Ahí mismo puedes mandarte una de prueba y verla llegar.
Un invitado es alguien que entra en la casa sin llevarla ni estar a cargo de ella: la abuela unas semanas, un primo en verano, quien echa una mano en casa cada martes. No tiene por qué ser de paso — si se queda, se deja sin fecha de fin y ya está.
Llega sin acceso a nada: cada galleta que enciendas le abre una puerta, y sólo esa. Lo que no aparece aquí —el juego, la paga, Mi mundo, los mensajes urgentes, los acuerdos, estos ajustes— no se le abre nunca.
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La hora a la que contáis con cada cual en casa se pone persona a persona en Nuestra casa → Normas, con su semana delante. Aquí se decide lo que es de la casa entera: qué pasa cuando se llega tarde. Vale igual si sois un solo hogar o si hay dos: «el siguiente fin de semana en casa» se salta solo los días que pase fuera.
Apagado, la hora se sigue apuntando y se sigue viendo quién llegó a qué hora —eso no se pierde—, pero no pasa nada más: se habla y ya está.
Por debajo de esto no es llegar tarde y no cuenta para nada. En 0, un minuto ya es un minuto.
Esto es de la casa entera. Si alguien necesita otros minutos —o ninguno: hay quien vuelve en guagua y hay quien vuelve andando—, se le ponen los suyos en Nuestra casa → Normas, abriendo su galleta y dentro de «⚙️ Su horario».
Cuenta las veces que llega después de su hora, aunque la cortesía se lo perdonara. Al llegar a esa cuenta, los días que queden de esa semana van sin cortesía. Los días de antes no se tocan: lo que ya pasó con cortesía, pasó con cortesía. El lunes vuelve a empezar.
Se aplica al siguiente día que salga estando en casa, una sola vez. No hay nada que borrar después: se calcula solo y desaparece solo.
La semana va de lunes a domingo y empieza de cero cada lunes. La consecuencia se apunta sola, una vez por semana, en el siguiente fin de semana que pase en casa, y aparece en Consecuencias como cualquier otro.
Cuando llama para avisar de que se retrasa, o lo pide antes de salir. Se da de un toque desde el aviso de su llegada en Nuestra casa → Hoy («Con permiso»), y también desde su semana en Normas, donde además se le puede poner una hora nueva para esa noche y el porqué. Un día con permiso no adelanta la hora del día siguiente ni suma para el fin de semana; si la consecuencia ya estaba puesta y con el permiso deja de tocar, se retira solo —salvo que ya haya empezado, porque un día vivido no se reescribe—.
Esto no se configura: un permiso lo puede dar cualquier adulto, siempre, esté como esté todo lo de arriba.
Ir a Nuestra casaCuando la misma persona vive en dos casas: findes alternos, media semana con los abuelos, alguien que duerme en dos sitios. Aquí se lleva qué días está en cada una.
Las dos casas no se mezclan. Cada una tiene sus normas, su hora de llegada, sus tareas y sus puntos, y eso no cruza ni va a cruzar. Lo que cruza son los días y lo que puede hacerle daño: sus alergias. Nada más — y las dos casas nunca se comparan.
Si la otra casa no usa SABAI•FAM, o no os habláis, no pasa nada: esta casa apunta lo suyo y ya está. Eso es lo normal, no un apaño.
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Para las familias donde un menor pasa temporadas en otra casa: padres que viven separados, temporadas con los abuelos… Si en vuestra casa no pasa, dejadlo apagado y la app no volverá a mencionarlo. Nada se decide solo: esto sólo cambia cómo lo dice la app, no quién va dónde.
La pauta de fines de semana, las vacaciones y periodos, la regla de los puentes y los días sueltos se llevan desde su editor, con el calendario delante. Es el único editor que hay: desde aquí se llega, no se duplica.
Abrir el calendario de días fueraTambién está a mano en Nuestra casa → Hoy, tocando la galleta de un menor.
Lo que dice la casa los días que la cocina no se reparte. Vacía, vuelve «Vivir bonito».
Un día sin menores es un día en que la casa la lleváis los adultos. Con esto encendido, la cocina de ese día no se reparte: se enseña la frase de arriba. Apagado, se reparte como cualquier otro día.
La gran cocinada: dejar la semana hecha en una o dos tardes. Encendido, el menú de cada semana viene con su plan — qué se cocina en cada sesión, minuto a minuto, qué va a la nevera o al congelador y qué se remata cada día. Las alergias y los vetos mandan igual que siempre.
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¿A qué hora la hacéis? Una cocinada de mañana da de comer ese mismo mediodía; una de tarde llega a la cena de esa noche; una de después de cenar, al día siguiente.
El plan de cada semana vive en el menú → Batch Cooking.
Con qué se cocina aquí. El menú sólo propondrá platos que se puedan hacer con lo que hay — y si un plato de horno tiene su versión de freidora de aire, cuenta como que se puede. Si vuestra plancha hace también de parrilla, marca las dos.
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Si queréis que el menú tienda a unos medios —«aquí se cocina sobre todo en la freidora de aire»—, marcad cuáles y con qué porcentaje, y dejad un margen para lo demás. Al guardar se ajusta todo para sumar 100, respetando el margen. Es una tendencia, no una promesa exacta: con catorce platos a la semana, un 50 % son siete. Sin nada marcado, el menú reparte como siempre.
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Cuántas veces por semana puede sostener el almuerzo o la cena un mismo ingrediente base. Sin tope, una semana puede salir con arroz seis veces — seis recetas distintas, pero arroz al fin y al cabo. Y si en esta casa un ingrediente encanta, súbele el tope o quítaselo del todo.
El «y al menos» es lo contrario: no un techo, sino un objetivo. Con «arroz, como mucho 2, y al menos 2» estás pidiendo arroz dos veces, ni más ni menos. Déjalo vacío si sólo quieres poner el techo.
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Los platos que esta casa quiere sí o sí, cada uno con su ritmo. El menú les guarda su hueco antes de decidir nada más y se construye alrededor. Nunca por encima de una alergia o un veto: si alguien de casa no la puede comer, no entra y se avisa al generar.
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Para pedir una nueva, ábrela en el recetario y busca «⭐ Que salga siempre» dentro de su ficha.
Lo que la casa quiere comer, contado por semana. El mínimo empuja: mientras no se cumpla, esas recetas suben y salen antes. El máximo corta: llegado ahí, no entra ninguna más. Son almuerzos y cenas; la fruta se cuenta por día.
Y qué días. Al lado de cada uno, cuándo quiere la casa que salga: cualquier día, sólo entre semana, sólo los findes, o los días que digáis — el potaje de los miércoles, la carne del domingo. De fábrica es cualquier día, y entonces el menú lo coloca donde mejor le cuadre.
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Comidas que no se cocinan porque se come lo que ya está hecho. No se les busca plato, no cuentan para lo de arriba y no entran en la compra — y se reparten por la semana, no caen todas el viernes. Al generar puedes subirlas o bajarlas sólo para esa semana.
Déjalo en blanco y sale la cuenta de siempre: la suma de los mínimos de arriba. Ponle un número y la casa se compromete a eso — y, sobre todo, esas comidas se reparten de lunes a domingo en vez de gastarse al principio de la semana, que es lo que dejaba el fin de semana comiendo ensalada.
Cuántas veces por semana queréis cremas y purés, sopas, potajes, guisos o ensaladas en el almuerzo o la cena. El mínimo empuja —mientras no se cumpla, esos platos suben y salen antes, y aprietan más según se acaba la semana— y el máximo corta.
Y a qué días cuenta: toda la semana, sólo entre semana, o sólo el fin de semana. Todo en blanco es como ha estado siempre.
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Cuándo el menú pone dos platos en la misma comida. De fábrica, sólo cuando el primero se queda corto: detrás de una crema, una sopa o una ensalada; detrás de unas lentejas, no.
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En qué comidas
Qué primeros piden un segundo · por la forma del plato
Si esta casa quiere el menú de unas cocinas y no de todas, márcalas. Sin marcar ninguna entran todas, que es lo normal. Ojo: cuantas menos marques, menos recetas quedan — debajo se dice cuántas.
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Cada receta puede enseñar lo que lleva una ración. El número sale de sumar sus ingredientes, no lo estima nadie.
Está pensado para quien cocina, para decidir qué acompaña a qué. No hay objetivos, ni cuentas por persona, ni nada que compare a nadie con nadie.
En el recetario hay recetas marcadas Fitness: mucha proteína por ración y la energía contenida. Es una característica del plato, no de quien se lo come. Si la marcas, el menú se monta sólo con ésas. Sin marcar nada entra el recetario entero, que es lo normal.
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Ingredientes sueltos, no platos: «potaje sí, pero de calabacines y no de jaramagos». Lo querido sale más y lo evitado sale poco.
Esto NO es un veto: nada desaparece. Una alergia o una intolerancia se ponen en Quiénes somos, se aplican siempre y no se negocian. Esto es un gusto, y un gusto se acompaña.
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Los adultos valoráis los platos desde el menú de la semana. Aquí se decide qué ritmo lleva cada valoración: cada cuánto vuelve a la mesa un plato que os gusta mucho, uno que os gusta, o uno que no os gusta (que sale muy de vez en cuando, pero no desaparece).
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Cuántos días espera un plato antes de poder repetirse. Con más días, más variedad; con menos, vuelven antes los de siempre. Las valoraciones de arriba se lo saltan: «nos gusta mucho» vuelve a su propio ritmo.
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Y a quién se escucha cada día: con esto puesto, los gustos de quien pasa el día fuera no cuentan para elegir ese día (sus alergias se respetan siempre, eso no se toca).
Los platos que la casa apartó del todo. No salen en el menú, pero siguen en el recetario — y desde aquí se rescatan cuando queráis darles otra oportunidad.
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La entrevista de cada uno pregunta ahora también por la cocina de la casa: los aparatos, en qué se cocina, cuánto se repite el arroz. No todos tienen por qué contestarla igual.
Decide: lo que contesta se aplica. Opina: contesta lo mismo y su respuesta se guarda como su voz, sin tocar nada — la leéis aquí abajo y la ponéis si queréis. Ni preguntar: no le sale el tramo de la casa, sin ningún «esto no es para ti».
De serie se le pregunta a quien tiene doce años o más, pero eso es sólo un punto de partida: podéis llamar a quien queráis, tenga la edad que tenga. Quien no es adulto puede opinar pero no decidir —cambiar los ajustes de la casa es cosa de un adulto— y siempre tiene que quedar al menos un adulto que decida.
Y al revés: cualquiera puede apartarse por su cuenta desde su entrevista. Si alguien lo ha hecho, aquí lo pone — podéis invitarle, pero no obligarle.
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Lo que ha contestado quien opina. No cambia nada por sí solo: se pone si vosotros queréis.
Un tablón donde cabe todo acaba siendo un tablón que nadie lee. Estos tres números deciden cuánto puede poner y subir arriba cada persona. Cero en cualquiera de ellos es «sin tope», por si esta casa prefiere no poner ninguno.
El enlace de invitación del grupo de WhatsApp. Cambia a la vez en la portada, la casa, el tablón y el archivador. Vacío, quita el acceso.
Los Río son una familia que no existe: Marta y Diego, y tres hijos de trece, diez y siete años. Su casa está montada entera y funcionando, con sus tareas repartidas, su paga, sus acuerdos y sus días fuera.
Sirve para ver una función funcionando antes de usarla aquí. La ayuda te explica cómo va algo; la casa de muestra te lo enseña lleno, que no es lo mismo.
Son una familia porque hay que enseñar algo concreto, y una casa llena se entiende mejor. La tuya no tiene por qué parecerse: un piso compartido, un equipo o una sola persona usan esto igual, y lo que no encaja no se enseña.
Se puede abrir y mirar todo, pero no se guarda nada. Ahí dentro no se toca nada de verdad, ni de ellos ni tuyo: tu casa se queda exactamente donde la dejaste. Y podrás cambiar de persona mientras miras, porque media gracia de esto es que la misma pantalla no se ve igual con siete años que con cuarenta.
La visita se cierra sola al rato. Para volver antes, «Volver a mi casa» en la franja de arriba.
La lista de la compra vive aquí y la ven todos los aparatos, el Android incluido. Recordatorios de Apple no tiene puerta para servidores, así que la conexión va al revés: un atajo de Siri en vuestros iPhone apunta aquí de viva voz. La clave de aparato es lo único que hace falta pegar; el atajo ya está hecho.
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Cópiala ahora: no se vuelve a enseñar. Si se pierde, se crea otra y la anterior deja de valer.
Instalarlo en un iPhone: toca el botón, responde la única pregunta pegando la clave de arriba, y «Añadir atajo». Un minuto por aparato.
📱 Instalar «Añade a la compra»Se usa diciendo «Oye Siri, añade a la compra» y luego lo que haga falta («leche, huevos y pan»: se separa solo). Desde un Android se usa la lista de esta misma lista directamente; ahí no cambia nada.
Todavía no hay un atajo instalable configurado en esta casa. Se monta una sola vez (abajo) y sirve para siempre.
Se construye una única vez en un iPhone, se comparte como enlace de iCloud, y ese enlace se pega aquí abajo: a partir de ahí, cualquiera lo instala con el botón de arriba sin tocar la app Atajos.
https://sabaifam.com/api/compra.php?action=anadir&texto= + el texto
codificado, seguido de &aparato= + una clave de aparato cualquiera
(se sustituye en el paso siguiente) ·
Mostrar notificación («Apuntado en la lista ✅»).aparato=… de la URL en
una pregunta de importación («Pega tu clave de aparato»): así cada casa
pone la suya al instalarlo, y el atajo no lleva ninguna clave escrita dentro.Dos casas que usan SABAI•FAM pueden mandarse cosas de la compra. Se vincula en persona: una enseña un código en su pantalla y la otra lo teclea en la suya. No hay listado de casas ni forma de buscar ninguna — a una casa no se la busca, se la conoce.
Lo puedes cambiar luego, como un contacto del teléfono.
Dos cosas distintas que se confunden con facilidad, así que aquí van separadas y con su dibujo.
Cada agenda de fuera entra por su dirección privada de ICS. Es un secreto —quien la tiene ve esa agenda entera sin identificarse—, así que se guarda y no se vuelve a enseñar: aquí sólo verás si está puesta y de qué servicio es.
Cargando…
https://calendar.google.com/calendar/ical/ y
acaba en .ics.webcal:// por https:// al pegarlo..ics.Se releen cada diez minutos y se guarda la última copia buena: si Google no responde, la casa sigue enseñando lo de antes en vez de quedarse en blanco. Lee desde un mes atrás hasta cinco meses por delante.
El enlace es la llave. Ni iOS ni Google mandan credenciales al suscribirse a un calendario, así que quien tenga el enlace ve esa agenda sin identificarse: no se manda por WhatsApp ni se pega en ningún sitio público. Se puede cambiar o cortar cuando haga falta.
La agenda de la casa lleva sólo lo de nivel Hogar —cumpleaños, festivos, fechas del curso e Hitos— y no lleva la agenda de nadie: eso va en el enlace de cada uno, que se crea desde su propia sesión, en Mi mundo → Mi agenda.
Cargando…
De fábrica están todos. Apagar uno lo quita del tablero de toda la casa y el servidor deja de servirlo — no es esconder la tarjeta, es que ese juego no está. Se puede volver a encender cuando se quiera, y no se pierde nada de lo jugado. La racha se ajusta sola a los juegos del día que queden. Lo cambia cualquier adulto.
La Gran Mudanza, Cadena de Ingenio y Torre en Equipo, con el móvil de lado, enseñan un aviso pequeño mientras se juega: qué bulto o pieza es, si cabe ahí, o qué se cree que va a pasar. Se puede apagar si molesta más de lo que ayuda — dentro del propio juego hay un ojo, arriba a la izquierda, que hace lo mismo sin venir hasta aquí. Esto lo recuerda este aparato, no la cuenta: cada móvil o tableta de la casa decide el suyo.
Un acuerdo de la casa: lo mismo para todos. No depende de la dificultad —bajarle el nivel a quien lo necesita no puede costarle puntos—, así que aquí se decide el premio y ahí abajo, lo que cuesta ganárselo. Van al tesoro, y la racha del día los multiplica igual.
Puntos de más por elegir el nivel alto, en cualquier juego. En 0 no hay extra: todos ganan lo mismo jueguen en el nivel que jueguen.
Cada juego, en baja, media o alta, y para cada persona: así el mismo juego reta a un adulto sin frustrar a quien tiene ocho años. La media es el juego de siempre. Cambia lo que cuesta —las pistas, los intentos, el tamaño de la sopa y del código—, nunca lo que se gana: eso se acuerda arriba y es igual para todos. La palabra del día sigue siendo la misma para todos.
Cargando…
Los que no son de uno al día: se abren cuando os apetece y se juegan las veces que queráis. No suman nada por su cuenta — sólo lo que la casa pacte ese día, y eso vale para la jornada entera, se jueguen las partidas que se jueguen.
Es el techo, no el pacto: cada día se acuerda lo que se acuerde por debajo de esto.
¿Cuántas partidas al día puede jugar cada uno? Eso va en ⏳ El rato de jugar, con el resto de los límites.
Lo que se persigue: cada tantos puntos de tesoro es una llave 🔑, y con diez llaves se abre un cofre que vale dinero de verdad. Aquí se decide a cuánto sale el esfuerzo.
Abrir «En casa se juega»Los dos límites del juego viven aquí: cuántas partidas al día y cuánto rato. Limitan el juego y nada más: las tareas, las normas y sus cosas siguen abiertas siempre — dejar a una niña sin su casa no es cuidarla.
Los que no son de uno al día. El tope es por persona y por juego, y sentarse con alguien gasta las suyas y las tuyas. Una partida dejada a medias no gasta ninguna.
De fábrica no hay nada puesto: mientras los minutos estén en 0 y no haya franjas, nada cambia para nadie. Y ellas lo ven: el rato que les queda hoy, con un aviso cuando quedan diez minutos y otro cuando quedan dos, para que puedan administrarse en vez de que se les corte de golpe.
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Todo lo que la familia ha escrito, en un archivo que te descargas y guardas donde quieras. No viajan las contraseñas ni las llaves, y tampoco lo de «Mi mundo»: eso es de cada cual.
Descargar la copiaSe descarga con tu sesión de contraseña o llave; la subida rápida por PIN no llega a tanto.
Para cuando dos familias que ya usaban SABAI•FAM por separado pasan a ser una. Las personas de una casa se mudan a la otra con todo lo suyo —su mundo, su ficha, sus tareas, su paga y su historial— y lo que era de la casa (las normas, la entrevista de la cocina, cómo funciona la paga) se junta o se elige, una cosa a la vez y con las dos versiones delante.
Las alergias y los vetos no se eligen: se suman, los de las dos casas. Es lo único de esta pantalla que no se pregunta.
Cargando…
Si esta casa deja de usar la aplicación, aquí se cierra del todo. En el momento de cerrarla nadie de la familia puede volver a entrar, y a los quince días se borra todo lo vuestro —lo escrito, las fotos, los puntos, los acuerdos, todo— sin dejar copia. Borrado, no hay vuelta atrás.
Antes de cerrar, descargad la copia de la casa: después no quedará nada que descargar.
Si os arrepentís dentro de esos quince días, escribid a quien os dio el código de entrada: puede reabrirla mientras no se haya borrado.
La sesión abierta no basta para esto: un móvil desbloqueado encima de la mesa no puede cerrar una casa.